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Crítica de ‘Disobedience’, una película obligatoria de lucha, amor y libertad

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Crítica de ‘Disobedience’, una película obligatoria de lucha, amor y libertad
Crítica de ‘Disobedience’, una película obligatoria de lucha, amor y libertad

Este viernes 25 de mayo llega a los cines de España ‘Disobedience’, una de esas películas de visionado obligatorio que tendremos este año. Lucha, amor y libertad en un drama precioso, muy bien contado y con dos protagonistas magníficas.

Ya antes de ver ‘Disobedience’ era consciente de lo necesaria que es esta película. Hace tan solo unos días, se supo que Hollywood había vuelto a dar un paso atrás en cuestiones de representación del colectivo LGTB+. De 109 películas analizadas por la ONG GLAAD (Alianza Antidifamación de Gays y Lesbianas), solo 14 incluyeron personajes LGTB durante el pasado año 2017. Sobra decir lo ridículo que suena esto.

En este contexto, ‘Disobedience’ aterriza en nuestras pantallas de cine presentándonos un drama sólido, sin florituras, que cuenta la historia de dos mujeres que pertenecen a la comunidad ortodoxa judía de Londres y que se reencuentran después de años de distancia. Ambas fueron muy amigas, pero también fueron algo más. Se quisieron, pero su comunidad y sus estrictas reglas las separó. Ronit (Rachel Weisz) se marchó a Nueva York; Esti (Rachel McAdams) permaneció en Londres y siguió con su vida. Tras la muerte del gran rabino, padre de Ronit, ésta vuelve y entonces todo empieza de nuevo. Como si fuera una segunda vida.

Una segunda vida en la que luchar, algo de lo que sigue yendo el día a día de muchas personas. Y no se trata solo de luchar contra esas reglas de las que hablamos: también es una lucha contra uno mismo, contra quien se supone que debería ser y no puede, contra quien quiere ser pero no le dejan, contra lo que siente y contra lo que le gustaría sentir pero no llega.

Pero también es una segunda vida en la que hay amor. Un amor que llega fácilmente al espectador gracias a la capacidad interpretativa de McAdams (sobresaliente, probablemente más que nunca) y Weisz (magnífica), y también al gran trabajo de Sebastián Lelio, que sigue sumando títulos que recordar siempre. ‘Disobedience’ es, como muchos amores, intensa y tierna. Muy hermosa en todos los sentidos y dueña de una sensibilidad diferente que no busca la lágrima fácil, pero que emociona fácilmente.

También es libertad. El ansia de conseguirla, la angustia de quien se siente encadenado, la liberación final. Experimenté estos tres estados durante las casi dos horas que dura la película. No es fácil conducir al espectador de un punto emotivo a otro en unos minutos, pero ‘Disobedience’ lo consigue.

¿Por qué esta película es necesaria? ¿Por qué es, me atrevo a decir, obligatoria? Porque es un nuevo canto y una nueva reivindicación. Porque se cuentan por millones las personas que necesitan ver su lucha reflejada en la pantalla, y necesitan creer que hay esperanza incluso en un lugar tan inesperado como el que vemos en ‘Disobedience’. Porque necesitamos ver este amor en la pantalla. Y porque necesitamos una sociedad libre, que respire al fin.

‘Disobedience’ no solo es el ejemplo perfecto de todo esto: es también una buena película. Un drama repleto de sentimientos que viaja al pasado, que recorre el presente y que de alguna manera nos lleva el futuro. Ojalá vayáis todos a verla.

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